miércoles, 21 de enero de 2015

N°1 - Imaginary Friend



      Polvo, en este rincón todo es polvo, me siento como esos juguetes viejos de los que siempre me mofé, esos que los niños transforman y despedazan, como vaticinando la profecía de sus adentros en el mundo.

      Pasa el tiempo y aún no me puedo convencer del abandono y  la voracidad de sus mandíbulas. “Adolescente”, ¿Qué tipo de palabra es esa?, escucho a su madre contarle historias de viajes interminables hacia un abismo que no comprendo, que estudiar, que casarse, que sentar cabeza; yo tan sólo quiero volver a escuchar mi nombre en las esquinas de este recoveco, mi nombre rebotando en los muros y en el eco de tantas remembranzas.

      Recuerdo cuando nos conocimos, para ser honesto, ni siquiera recuerdo bien de donde provengo, todo era bastante oscuro para entonces, lúgubremente cálido para ser más exacto. Abrí los ojos de pronto y ahí estaba, una criaturita de no más de 40 centímetros, desaliñada y agotada de tanto llanto, parecía unos de esos brotes que se cierra por las noches y de pronto, quebrando el alba, alza sus brazos para irrigar a su cuerpo del sol y su vaivén errante. Sollozaba quizás que extrañas lenguas (aún no sintonizábamos), como perdido por el mundo, como buscando yugo y fue justo en ese instante cuando me observo por primera vez, abrió todas mis puertas, hurgo en todas mis gavetas y se quedó a vivir en mí.

      Como olvidar la primera vez que oí mi nombre,  como su pequeña boca hilaba sonidos irreconocibles para cualquier adulto, como con sus pequeñas manos, refregó sus lágrimas para observarme bien, para reconocerme en su soledad. Y ahí estaba yo, vibrando de emoción, conteniendo lo que en ese instante aún no parecían palabras, pues él debía predeterminar nuestros mensajes, él  comandaba mis pasos, mi lengua y mis palabras. Finalmente se acercó, arrastró su cuerpo por el parqué que sostenía a esos muros,  madera constantemente encerada por la criada y que mantenía siempre un aroma a lavanda,  alzo la vista para analizar la veracidad de mi existencia, del peso de mi alma pululando en sus entornos y algo balbuceo. Al principio fue difícil decodificar lo que decía, pero a medida que paso la tarde todo era más claro, finalmente me sentía parte de algo.

      Nuestro universo era perfecto. Por las tardes descubríamos horizontes más allá de nuestras expectativas, éramos conquistadores de tierras inhóspitas, esperando a ser dominadas; a veces científicos en busca de los males más nauseabundos de esta tierra y muchas veces piratas, conquistando tierras bajo la mesa  de una tierra llamada “cocina”, en donde todo utensilio para nosotros era un arma, detalle que su madre a veces castigaba con menos horas de televisión o helado después de la cena, pero no importaba, su imaginación era mucho más vasta, mucho más nutritiva y colorida que cualquier programa sin sentido o cualquier confeti azucarado. 

      A medida que pasaban los años quise ser exorcizado y desterrado más de alguna vez por algo que los adultos llaman “Psicólogos”, la verdad nunca logré entender muy bien de que se trataba, sólo sé que trataban de convencer al mundo de que seres como yo no existían en su realidad, algo que afortunadamente nunca  sucedió. Pero algo extraño estaba pasando a cambio, comencé a experimentar extrañas sensaciones; en muchas ocasiones no lograba comprender lo que ÉL decía, o lo que comentaba con otras personas. Comenzó a dirigirse menos hacía mí, pues pasaba largas horas frente a una pantallita destellante que robaba toda su atención. La habitación comenzaba a ser un vacío enorme del cuál no podía escapar: y su voz se volvía gigante, como la de un adulto.

      Hoy sólo me observa, me saluda a ratos, pero no se atreve a hablarme. A veces lo oigo mencionar mi nombre, pero como algo absurdo, como contándole a sus amigos la tontería que había creado en su cerebro.  Al menos aún está mi retrato en medio de sus dibujos, entre las fotografías de su niñez en el taburete de su padre.


      No conocía el miedo hasta estos días, cuando me desvanezco, cuando siento que envejezco, que me hago traslúcido, que la luz me atraviesa y me vuelvo etéreo. Me pregunto si existe algo así como un asilo para amigos imaginarios, pero  luego pienso lo triste que debe ser no comprender todos esos dialectos, el lenguaje único que existe entre un niño y nosotros como su primer amigo y creación; mirarse a los ojos y descubrirse en el abandono, transmitiendo el mismo miedo. La verdad, no me da miedo desaparecer, solo me da miedo ser olvidado.  

1 comentarios:

Anónimo dijo...

La música y la historia muy buenas.Lo que leí me llego al miedo de ser olvidado como una cosa que paso por la vida de antes es algo triste la verdad, gracias por escribir algo asi.